Una tarde cualquiera de una joven en un pueblo marroquí

Hay un tema que produce mucha curiosidad en Europa sobre Marruecos, por las cosas que normalmente amigos y conocidos me preguntan: la mujer en este país.

Pues bien. Os voy a contar cómo ha sido mi tarde de hoy para que os hagáis una idea de la situación de las mujeres en un pequeño pueblo de nuestro vecino del sur ,como en el que yo vivo por temporadas. He de aclarar que las cosas cambian mucho (pero mucho, para que no generalicéis con este ejemplo) de pueblos a ciudades, de región en región y dependiendo de la educación y la clase social de la familia, como os podéis imaginar. Y en este pueblo, para ponernos en contexto, las mujeres sólo salen a la calle a hacer recados, no se sientan a charlar en parques o cafeterías como ocurre en lugares más grandes.

Una de las temporadas que me pasé en el pueblo marroquí donde vivo de tiempo en tiempo y donde mejor puedo conocer el idioma y la cultura, una chica me hizo un tatuaje de hena muy bonito. Hoy vi a su hermano, este probablemente se lo comunicó a esta y ella llamó a un amigo mío para invitarme a su casa. Cuando yo la conocí estaba embarazada y hoy ya tenía a su bebé de un mes, una niña preciosa con la que me pasé en brazos las tres horas que estuve allí y que no llora nunca. Esta amiga, tiene 23 años y está divorciada. Se casó hará cosa de dos años y, según me contó hoy (voy aprendiendo árabe, la otra vez fue imposible enterarme de algo), el chico no hacía nada en la vida y cuando le pedía dinero para ir al hammam o baño público, algo  básico, le decía que no tenía, aunque para él mismo sí tenía. Ella decidió hace unos meses, ya embarazada, que no quería seguir viviendo con ese chico y comentó a sus padres la idea de divorciarse y estos aceptaron y ella volvió a casa.

Afortunadamente, el divorcio es una práctica bastante extendida desde una ley que se formuló en 2004 igualando los derechos de la mujer a los del hombre. Teniendo en cuenta que la gente en Marruecos se casa casi sin conocerse en muchos casos, no es raro encontrarse con chicas y chicos muy jóvenes ya divorciados.

Mi amigo que me acompañó, ella y yo, nos tomamos unos cuantos vasos de té y comimos pan con aceite y aceitunas y charlamos de la vida y de los problemas familiares de unos y otros, del machismo en este país (machismo para mí, claro) y demás historias. También ella me enseñó fotos de su boda con ese chico al que tanto critica y yo a ella le mostré las fotos de mi familia que tenía en mi cámara.

Mientras tomábamos algo había dos chicas escuchando música y limpiando y colocando los muebles del salón contiguo alegremente (en Marruecos las casas tienen muchos salones), que no quisieron unirse a nuestra merienda y sólo una de ellas vino un rato a charlar con nosotros. Hasta que mi amigo se fue.

Cuando quedamos solas, en seguida se unieron a mí para preguntarme cosas. Se les veía muy jóvenes y las dos eran muy guapas. Aquí no es indiscreto preguntar cosas personales. Al contrario, a la gente le gusta (si no preguntas, ellos solos te contarán cosas) y los mismos marroquíes  hacen muchas preguntas indiscretas. Así que sacié mi curiosidad. 17 años ambas, me lo temía. Su primera pregunta, algo muy normal en este pueblo, era que si yo estaba casada. Ellas sí, como yo me imaginaba, y son cuñadas (sus maridos son hermanos). El segundo tema de conversación fue sobre cuántos hijos quieren tener y me preguntaron qué nombres marroquíes me gustaban más para niño y niña. Ellas sólo quieren tener dos o tres. Ahí respiré un poco.

Luego hablamos de la familia y de nuestros pueblos (la familia es, probablemente, el primer tema de conversación de  las mujeres marroquíes en pequeños lugares como este, porque son prácticamente con las únicas personas que se relacionan y les encanta que les preguntes cómo van todos ellos cada vez que las ves). Ellas andaban por esa casa porque sus maridos son primos de mi amiga, la que me hizo el tatuaje.  El día a día de las mujeres de este pueblo se basa en ir a casa de familiares o recibir visitas en la propia.

Cuando les dije que tenía una hermana de 11 años me preguntaron que si estudiaba y yo les expliqué que en España era obligatorio asistir al colegio hasta los 16 años.

A una de ellas, Dunia, le brillaban los ojos de felicidad, así que le pregunté que si su marido no sería Nabil. Nabil, de 27 años, es un colega de los hermanos de la familia con la que vivo y el otro día me contó que se había casado el pasado fin de semana. Sí, su marido era Nabil. Sólo lleva una semana en el pueblo, una semana de casada, viviendo en casa de su suegra y a unos 200 kilómetros de su familia. Aquí, a no ser que tu marido tenga buenos ingresos, algo poco común, la gran parte de las mujeres se mudan de casa de sus familias a casa de sus suegros con la gran familia de su marido a vivir.  Dunia irradiaba alegría y me dijo con la mano en el corazón: estoy muy enamorada, ‘ualá’ (lo juro). Antes de casarse se vieron unos cuantos días, porque él la visitó en su pueblo. Por ese motivo no se sentó en la mesa con nosotros cuando mi amigo estaba presente, aún sigue contenta las reglas propias de una esposa, que no debe compartir mesa con un hombre que no sea de la familia. 

La otra joven, Maryam, la que sí que se había unido a nosotros cuando estaba mi amigo en la mesa, durante un rato, tenía esa cara de cínica y un pasotismo que a veces da la experiencia. Así que le pregunté que qué tal le iba con su marido. Ella, con la mano estirada, moviéndola de derecha a izquierda, dijo ‘ca va’ con ese tono poco convencido de decir ‘ca va’ que se traduce a algo así como: ‘bueno… bien’. Después me contó que ya lleva un año casada y que su marido vive en Italia y ella está aquí. Lo que quiere decir que vive con la familia de su marido pero no con él, algo que también pasa muchas veces cuando el marido se desplaza por temas de trabajo. Algo que debe ser duro teniendo en cuenta que ella es de Casablanca y se tuvo que mudar a este pequeño pueblo tras la boda. Lejos de su familia para limpiar la casa de suegra. 

Al rato llegaron los suegros, los padres de sus maridos y tíos de mi amiga. Ellas tres se metieron hacendosas en la cocina para prepararles el té y alguna cosa para comer. Mientras, yo hablaba con el suegro, que lleva 35 años viviendo en Italia, y está aquí porque vino a la boda de su hijo, gracias al idioma italiano que he ido aprendiendo en Marruecos (en este pueblo hay mucho emigrante en el mencionado país europeo).  Las chicas trajeron lo que habían preparado y  se sentaron en una esquina alejada del sofá, ya no se unieron a mí como antes alrededor de la mesa. Ahora estaban los padres de sus esposos. En esos momentos, por lo que he visto hasta ahora, la joven esposa cocina, recoge y limpia pero nunca se une a la mesa.

Hablamos un buen rato, pero os voy a contar algo de lo hablado relacionado con el tema de este post. Dijo que su hijo Nabil, el recién casado, le había pedido a su padre que le buscara una mujer entre las marroquíes que hay por Italia. Otra cosa común aquí es pedir a tus padres que te busquen esposa (la chica no busca porque es siempre la familia del hombre el que irá a casa de la mujer escogida, cuya familia, e incluso ella misma, pueden rechazar o aceptar). Pero el padre me contó que las que hay por Italia “todas fuman y esas cosas”…. Así que al final, como me dijo el patriarca, se quedó con una marroquí y se queda aquí a vivir. Lo que les gustaría hacer es los papeles a Maryam para que un día pueda ir con su esposo a Italia.

Los padres dieron la orden y las niñas se pusieron sus chilabas y pañuelos en la cabeza y nos despedimos.

Nada más que salieron, mi amiga vino corriendo a contarme los cotilleos (ya os digo que aquí no cuesta nada contar los trapos sucios de las familias): Maryam odia a su suegra. Como su hijo está en Italia, es la suegra la encargada de controlarla y parece ser que no le permite hacer nada. De hecho, me contó mi amiga, todas estaban temiendo que yo comentara algo de que yo había llegado con mi amigo a la casa y que él había andado por allí. Sin embargo, me dijo, ella sabe que su marido, el joven con el que está casada, sí que la quiere muchísimo.

Y diréis: con este contexto tan diferente a mi forma de vida, qué les parece a la gente de este pueblo que yo esté soltera a mis 27, que ande viajando sola por diferentes países, lejos de mi familia y demás. Pues tengo la grandísima ventaja de ser extranjera (bueno, tengo que decir que si yo fuera marroquí, pero de una ciudad y con estudios y trabajo, también respetarían esta forma de vida). Y no es que me no miren de manera extraña (bueno, a veces cuando respondo que no me quiero casar, las mujeres, o chicas, se sorprenden un poco), si no que, al contrario, a todos, hombres, mujeres, jóvenes y viejos, les parece estupendo y me hacen preguntas con entusiasmo y me dicen que hago bien, que siga aprendiendo y viajando y que ya tendré tiempo a tener un marido (aunque ya me han buscado y ofrecido muchos).

Al salir de casa estaban los maridos en la puerta de cháchara con sus primos. Uno de ellos, por cierto, tenía a su joven esposa Hasna en el hospital dando a luz. A ellos nadie les manda volver a casa. Por cierto, si os habéis perdido entre tanta familia, no os preocupes, aquí pasa frecuentemente.

4 comentarios en “Una tarde cualquiera de una joven en un pueblo marroquí

  1. Me encanta como escribes,No te preocupes que no me he perdido entre tanta familia.Son geniales tus historias.Estoy contigo en lo de no casarse y viajar mucho.besos y sigue contándonos tus viviencias.

  2. Pingback: Diferencias culturales: el machismo considerado natural « Barbarabecares

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