Finalmente, en Miri, pero tras un largo día

Ayer os contaba que andaba en dirección al este de Borneo sin rumbo. Planteaba varias opciones posibles al llegar a Sibu y decía que la que más me apetecía sería tomar un bus nocturno a Miri, aunque supondría perderme un par de lugares por el camino entre Kuching y Miri. Pues al final sí que había bus nocturno y mi ‘sueño de viajera desorganizada’ se cumplió, pero no fue fácil.

Para empezar, ser viajera nómada y tener que seguir unos horarios de trabajo de lunes a viernes, os adelanto que no es fácil. Y menos en lugares como Borneo donde la conexión de Internet es tercermundista.

Al llegar a Sibu miré las opciones de los barcos. Ir a Kapit no me venia bien porque el barco que había salía en mis horas de trabajo. Para ir a Daro debía ir a otro puerto que no me quedaba a mano. Así que decidí meterme en Internet desde alguna cafetería y buscar el número de la estación de autobuses para llamar ya que, para los autobuses que van a Miri más tarde de las 10 de la mañana, la mujer que vende tickets en un puestecito al lado de mi parada de barco, ya no te los vende. La mujer era totalmente desagradable, raro aquí donde la gente es majísima. El autobús local que iba a la estación de buses central de Sibu se acababa de ir y no había otro hasta una hora más tarde.

Así que comencé la búsqueda de Internet. Algo que ya he comprobado que no es tarea fácil en Borneo. Una mujer me aconsejó ir al Kentucky Fried Chicken. Como tienes que pedirte algo, me pedí una hamburguesa, una que costaba un euro, la más barata que había. Ya os comenté alguna vez mi repulsión hacia esos restaurantes de comida rápida (sustancias que, en mi opinión son un insulto a la comida real). Pero para usar Internet hay que consumir. Por fin me conecto con mi ordenador a Internet. En ese momento me entero de que una de mis mejores amigas del pueblo se ha comprado un billete para venir la próxima semana. Por estas cosas yo digo que nunca se puede planear nada a más de una semana vista.

Pero Internet iba fatal, la hamburguesa estaba malísima y  Google no conseguía cargarse para buscar el número de la estación de autobuses.

La Malasia de Borneo, para que os hagáis una idea de los lugares que menciono

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Así que me fui. En ese momento se fue también un hombre de unos 40 años con el que había charlado en el FKC porque su conexión también le fallaba. Charlamos un rato y el hombre me hizo el plan: él es de Miri y acababa de llegar a Sibu. Me dijo que si quería y no me importaba podía quedarme en su habitación de hotel, donde había buen Internet y que en tres días se volvía a Miri en coche y podía volver con él. No gracias. Mis padres me han dicho que no me junte con desconocidos. Si os digo la verdad no sé deciros si tenía una alguna intención rara de tener un ‘amor de viajero’ conmigo o si simplemente era parte de la hospitalidad de por aquí. Porque en Borneo he visto que todo el mundo es muy agradable y que los hombres, a pesar de que muchos son musulmanes (y mi experiencia con musulmanes en Marruecos era de que muchos son unos pesados y unos mirones) estos de aquí no miran a las chicas con caras de pervertidos.

El tema que le di las gracias por la amabilidad y me fui. Aún no era mi hora de trabajar y pensé, sudando con mi mochila, por los 40 grados y el sol y sin saber dónde habría una conexión a Internet, que podría quedarme esa noche allí, pasar el día haciendo unos artículos pendientes e ir a Miri al día siguiente. Mientras busca un lugar con WiFi, había visto  muchos hostales. En la búsqueda por Internet hay muy pocos.

Entré en el primero que encontré. Había una señora muy vieja y arrugada que parecía que estaba durmiendo, pero antes de dejarme decir ‘hola’ abre los ojos y me dice: ¿la quieres con ventilador o con aire acondicionado? Le pregunté el precio, valía 30 RH con ventilador, que es como casi 8 euros (para los estándares de aquí es carillo, viendo la situación del lugar, que olía a humedad, ahora estoy en un hostal genial de gente joven por unos 5 euros y con aire acondicionado, para que comparéis) y no tenía Internet. Sin Internet, ese lugar no me servía porque tendría que ir, de todos modos, en busca del ‘bar perdido’ con conexión WiFi. A la mujer no le pareció bien mi negativa, pero no siempre podemos contentar a todos.

Seguí caminando y encontré un lugar estupendo con Wifi. Los camareros atentísimos y yo respiré por fin, porque ya era casi mi hora de trabajar. Pero… Internet iba extremadamente lento. Tanto que nunca llegué a abrir la página para la que escribo. Me tomé lo que había pedido que era un té frío riquísimo con lima, charlé por Skype, que sí funcionaba, con mi jefa y me fui. Decidí ir a la estación, comprar el ticket y ya buscar Internet por allí. Al menos, dejaba una cosa hecha: mirar si podía pasar la noche en un autobús o no.

Fue una gran decisión. Fui en un coche particular que cobraba poco más de un euro y…. sí había autobús nocturno a Miri, por 45 RH. perfecto. Dejé mi mochila en la taquilla de la empresa que me vendió el billete y me fui a buscar Internet. Y me encontré con que alrededor de la estación había más de un lugar con conexión WiFi y que funcionaba. Me metí en uno y ahí pasé la tarde, hasta me hice amiga del camarero.

Por la noche tomé el autobús a Miri. Al llegar, me negué a tomar un taxi (algo muy mio) y ví que pasaba un autobús en dirección contrario, así que decidí arriesgar, pensando que el bus tendría que volver a pasar en la otra dirección.

Pero tras un rato andando, resultó que no había autobús (nadie hablaba inglés, así que pregunté a varias personas pero ninguno supo decirme). Mientras caminaba por esa carretera, ya esperando a que pasara un taxi para tomarlo, paró un coche con un hombre de unos 30 años y una niña de dos. Y me dijo que me llevaba a Miri. Eran padre e hija de una familia malaya (aquí si eres malayo, eres musulmán, hay muchas tribus en Borneo con diferentes características). Su mujer, que es médica, estaba en Kuala Lumpur por trabajo y acababa de dejar al hijo mayor en el colegio y se iba a pasear a la niña a la ciudad. Nunca me subo en coches de desconocidos, pero el hecho de que fuera con la niña, cambia la situación. Se empeñó en invitarme a desayunar una cosa típica malaya, el roti chanae que es un pan muy rico que se moja en una salsa picante (la comida aquí pica mucho en general y ya desde el desayuno comen fuerte). También quería llevarme a ver más cosas de Miri, porque tenía el día libre hasta la hora de recoger al niño del colegio, pero yo estaba agotada.

Y me llevó al hostal, Minda Guesthouse, donde me esperaba Willi, el dueño y colega de una amiga que me había recomendado quedarme en este lugar.

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